La Ley de la “Dependencia” o como destruir aquel sueño de la autonomía personal

La Ley de la “Dependencia” o como destruir aquel sueño de la autonomía personal

La Ley de la “Dependencia” o como destruir aquel sueño de la autonomía personal

La Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de Dependencia es de las mayores estafas en cuanto a políticas sociales se refiere. Su denominación es en sí una falacia. Usada en épocas de elecciones para obtener rédito político, en el caso del Gobierno saliente, o como arma arrojadiza por la oposición, la realidad es que no cumple ni de lejos el objetivo por el que fue desarrollada y aprobada, la promoción de la autonomía personal de las personas con algún grado de dependencia. Desde que entró en vigor, esta “Ley de la Dependencia” no ha hecho otra cosa que afianzar un sistema asistencialista alejado del espíritu de Vida Independiente que supuestamente debía promover. La propia nomenclatura por la que se la conoce popularmente desvirtúa ese espíritu y razón de ser.

Su aprobación en 2006 supuso un esperanzador punto de partida. Diez años después, aún hay miles de personas en lista de espera para recibir la prestación y cuando se concede es a todas luces insuficiente. Los datos están ahí, para quien los quiera mirar. Lo que no está tan a la vista es el maltrato institucional por lo que tienen que pasar las personas solicitantes y sus familias para recibir lo que por ley les corresponde.

A base de decretazo y de reducciones drásticas de partidas presupuestarias, al Sistema para la Autonomía y la Atención a la Dependencia se le ha sometiendo a una muerte agónica. Los sucesivos recortes, especialmente durante la última legislatura con el Gobierno del PP (que ascienden a más de 2.000 millones), han permitido que 700.000 persona mueran antes de recibir la prestación. 90 al día, según el XVII Dictamen del Observatorio de la Dependencia que elabora anualmente la Asociación de Directores y Gerentes de Servicios Sociales. A base de fallecimientos o descartar solicitudes es como se reducen las listas de espera.

Aún así, y a pesar del menosprecio institucional hacía el derecho a llevar una vida independiente, la exigua y deficiente aplicación de esta ley ha supuesto un cambio sustancial para la vida de muchas personas, aunque no el suficiente. No es más que un débil destello de lo que pudo haber sido y nunca fue.

Pero lo peor no es eso. La crudeza de ciertas realidades no es necesario exagerarla. Y sin embargo, para que sea concedida la ayuda, a veces la persona solicitante se ve obligada a “exagerar” sus circunstancias si quiere tener alguna oportunidad, lo que supone un atentado contra sus derechos y dignidad. De nada sirve explicar el proyecto de vida, las capacidades, anhelos o planes futuros. Lo único que importa es lo hecha polvo que está la persona “discapacitada” y si come sola o defeca en un pañal. Y si puede aparentar ser imbécil, mejor, más puntos. Ni se le ocurra decir que sale a la calle, que tiene amistades, que es capaz de hacer la compra o fregar un vaso en su cocina adaptada, la cual pasa desapercibida porque ni se concibe esa posibilidad. Y por supuesto, que no diga que está estudiando o que desarrolla cualquier actividad intelectual. Lo mejor es dar esa visión de la que muchas personas huimos, la de un ser “inválido” marginado en el más oscuro de los rincones de la inutilidad. Y es que de todos es conocida la estrecha relación que existe entre la imposibilidad de desabrochar una camisa y el que medio te funcionen las neuronas. Que se lo digan a Stephen Hawking, por ejemplo.

Nadie pagará nunca por la auto-humillación por la que tenemos que pasar algunas personas para recibir unos recursos que supuestamente favorezcan nuestra autonomía y el poder llevar una vida lo más normalizada posible. Algo, por cierto, recogido en la Convención de la ONU sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, rubricada por España en 2008.

También podríamos hablar del negocio que se esconde tras las empresas prestatarias de los servicios de ayuda a domicilio y de la cualificación de algunos/as trabajadores/as del sector o de la precariedad laboral que sufren. En muchos casos, se trata de personas no debidamente preparadas que tratan de igual forma a un viejecito con Alzheimer que a una persona adulta con discapacidad física y las facultades mentales intactas. Pero eso es otra historia… Paternalismo, miseria y humillación. Eso es la Ley de la Dependencia.

Eugenia Carrasco- Secretaria de Accesibilidad y Discapacidad


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